






EDITORIAL. Crisis del gas: la ola polar expuso la fragilidad de un sistema que no da abasto
Salta Mining










Cuando las temperaturas caen por debajo del cero y el país se paraliza por el frío, el termómetro no solo mide el clima, sino también la resistencia de un sistema energético que, cada invierno, vuelve a crujir.
Esta vez no fue la excepción. La ola polar que se abatió sobre gran parte del país dejó al descubierto un sistema de provisión de gas que trabaja al borde de sus posibilidades, sin márgenes para la emergencia ni la contingencia. Y esta realidad afecta, de forma directa e inmediata, al sistema productivo nacional.
Durante los últimos días, miles de industrias y comercios se vieron obligados a reducir su operatividad, suspender turnos o directamente frenar su producción. No fue por falta de insumos o caída de demanda, sino por una causa mucho más elemental: no había gas suficiente. Lo que podría parecer un problema energético coyuntural revela, en realidad, una falla de fondo, el cuello de botella en el transporte de gas desde Vaca Muerta, la insuficiencia de infraestructura y la falta de planificación integral del consumo energético en Argentina.


Empresas donde el gas es esencial para la elaboración de productos sufrieron recortes que afectaron seriamente sus operaciones. En el caso de las plantas con grandes calderas, las restricciones en el suministro implican paradas forzadas, pérdidas económicas y atrasos logísticos difíciles de recuperar. Pero incluso en sectores donde el uso del gas no está directamente vinculado al proceso productivo, como las farmacéuticas, las consecuencias no tardaron en sentirse: “Hay operarios que no pueden bañarse ni cambiarse como corresponde después de trabajar con productos delicados. Todo eso también interfiere en la rutina normal”, explican desde la industria.

No se trata, entonces, de un simple problema técnico. El sistema de transporte y distribución de gas natural en Argentina sigue siendo el talón de Aquiles de la política energética. A pesar de contar con una de las reservas más prometedoras del mundo -Vaca Muerta- el país no puede garantizar el abastecimiento interno en picos de consumo.
El gas está, pero no llega. Esa es la paradoja que hoy paraliza fábricas, interrumpe cadenas de valor y pone en jaque la confianza del sector industrial.
El panorama es preocupante. A los problemas estructurales del sistema se suma la falta de certezas sobre inversiones clave en los gasoductos o la ampliación de las plantas compresoras. Mientras tanto, el sector privado intenta adaptarse como puede, pero ya hay voces que alertan sobre el impacto en la competitividad.
“Hoy tenemos gente trabajando a medias. No estamos ante una producción normal”, repiten en varias cámaras industriales. La incertidumbre se instala y las pérdidas se acumularon a lo largo de casi una semana.
La situación también debería encender luces rojas para el Estado. Porque no se puede hablar de reindustrialización ni de agregado de valor si no se garantiza lo más básico: la energía. La experiencia reciente no solo golpea a las empresas, también compromete a los trabajadores, a las economías regionales y a la previsibilidad general del aparato productivo.
El gas no puede seguir siendo un factor de imprevisibilidad en el país que más lo necesita.
La ola polar pasará. Pero el daño ya está hecho. Si no se aprovecha esta crisis como oportunidad para repensar la infraestructura energética, planificar a largo plazo y garantizar el abastecimiento integral, las próximas heladas volverán a congelar no solo caños y válvulas, sino también expectativas, inversiones y empleos.
Argentina tiene el gas. Le falta, todavía, la voluntad de hacerlo llegar donde realmente importa.


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