






Nora y Fabiana luchan contra el olvido del pueblo minero azufrero que quedó arrasado por el tiempo
Martín Rodríguez






En lo más alto de la Puna salteña, rodeada de nieve, viento y azufre, existió alguna vez una comunidad vibrante donde vivieron más de 3.000 personas. Era Mina La Casualidad, un campamento que lo tenía todo: escuela, hospital, talleres, cine, clubes, comercios y una actividad minera que convirtió al pueblo en un motor económico para la provincia. Pero tras el cierre definitivo del 22 de noviembre de 1979, el lugar quedó abandonado, desmantelado y reducido a ruinas.
La Casualidad era un mundo propio. Un pueblo aislado pero pleno de vida, donde la rutina estaba marcada por el ritmo de la mina y las estaciones extremas de la Puna. Mientras los padres trabajaban, los niños iban a la escuela entre montañas amarillas de azufre, jugaban bajo la nieve, esperaban las noches de cine y crecían en un entorno donde todos se conocían. En aquel lugar remoto se forjó una identidad fuerte, hecha de comunidad, trabajo y pertenencia. Ese vínculo emocional es el que hoy explica por qué, décadas después, volver sigue importando tanto para quienes nacieron allí.
Hoy, el paisaje luce como un escenario posguerra a pesar de nunca haber sufrido una. Sin embargo, dos mujeres siguen regresando año tras año para mantener viva su historia.




La semana pasada, la Veloz Mining y la Secretaría de Minería y Energía de Salta firmaron un convenio de colaboración para garantizar el traslado del Centro de Jubilados y Pensionados Azufreros Unidos hacia Mina La Casualidad, en un viaje cargado de memoria, historia y emoción. El acuerdo forma parte de la estrategia de la empresa de acompañar a instituciones del norte argentino que trabajan para fortalecer el desarrollo humano y sostenible de las comunidades de la región. En esta edición, La Veloz Mining se encargó del traslado de 44 personas desde la ciudad de Salta hasta el histórico poblado azufrero, donde permanecerán cuatro días realizando diversas actividades. Este año se realizó el viaje número 25 y la emoción afloró en todos los participantes.

Nora Gallegos y Fabiana Acebo fueron parte de ese contingente que visitó Mina La Casualidad, un viaje cargado de memoria, historia y emoción.
Nora Gallegos nació en La Casualidad y vivió allí hasta los siete años, aunque regresaba durante el período de vacaciones para reencontrarse con su familia y su pueblo. Su padre, Juan Roberto Gallego, continuó trabajando en la mina hasta el final, y junto a él Nora realizó su último descenso definitivo el 30 de septiembre de 1978, un año antes del cierre. Ese desarraigo forzado marcó su vida para siempre: dejar el lugar donde nació sin la posibilidad de volver, y más aún, saber que el pueblo sería destruido, dejó una huella profunda que aún hoy describe como “emocional y personal”.
Recién en 2003 logró regresar por primera vez, tras dos intentos frustrados por el clima extremo. Lo que encontró la dejó sin palabras: casas derrumbadas, talleres vacíos, techos arrancados, calles irreconocibles. Aquella primera vez, cuenta, se abrazaron todos y lloraron al ver cómo su pueblo había sido “arrasado” en pocos años. Donde estaba su casa ya no quedaba más que un esqueleto vencido por la intemperie. “Ya no había nada”, recuerda con tristeza, señalando el desmantelamiento que terminó de borrar lo que la naturaleza aún no había destruido.
Desde 2005 no dejó de volver ni un solo año. Para ella, La Casualidad sigue siendo su tierra y lo dice sin titubear: “Amo la nieve, el viento y el azufre”. Incluso expresa un deseo íntimo que sus hijos cuestionan pero que mantiene firme: que sus restos descansen algún día allí, en el mismo lugar donde nació. Volver, dice, es reencontrarse con su identidad y honrar un pasado que se niega a perder.

Fabiana Nancy Acebo llegó a La Casualidad cuando tenía apenas seis meses de vida. Su padre, Ciriaco Acebo, era camionero del Terex verde, encargado de trasladar el material desde Mina Julia hasta el campamento principal. Ella creció entre las calles del pueblo hasta los 13 años, cuando debió bajar a Salta para estudiar debido a que allí todavía no existía el nivel secundario. Esa partida, al igual que la de tantos jóvenes, significó una ruptura abrupta con la vida que conocía, una despedida que nunca terminó de resolverse del todo.
Para Fabiana, el desarraigo tiene un peso adicional: su madre está enterrada en el cementerio del lugar. Volver cada año significa también volver a ella. La emoción empieza incluso antes de llegar. Mientras el vehículo avanza, reconoce los cerros que rodeaban al pueblo, esos que de niña veía a diario y que hoy funcionan como un mapa sentimental. Los últimos kilómetros son un ritual: bocinas, cantos, saludos al paisaje y una especie de procesión con la virgencita que los acompaña en cada viaje. “Cuando llegamos sentimos que estamos saludando a nuestra tierra”, relata.
Sus visitas anuales son una mezcla de celebración y duelo. Celebra volver al sitio donde creció y donde su familia construyó una vida; llora al ver que su casa ya no existe y que todo lo que recuerda está destruido. Pero aun así regresa, porque sabe que su presencia —y la de quienes vuelven— es la que mantiene vivo el espíritu del pueblo. Para ella, cada visita es una forma de decir que La Casualidad no está muerta mientras haya quienes la recuerden.
La Casualidad no fue destruida por una guerra, pero basta recorrer sus ruinas para sentir que el tiempo y el abandono la golpearon como si hubiese estado en el centro de un conflicto bélico. Paredes caídas, techos vencidos, estructuras consumidas por la intemperie, calles desaparecidas. Un pueblo completo reducido a polvo. La desaparición física del campamento significó también la pérdida de un capítulo clave de la historia minera de Salta, un proyecto que alguna vez fue símbolo de desarrollo y que hoy sobrevive apenas en fotografías y en la memoria de quienes vivieron allí.
El sueño de preservar la historia
A pesar de todo, Nora y Fabiana comparten un sueño: que algún día pueda reconstruirse al menos una parte del campamento y que exista un museo de La Casualidad. Creen que es necesario conservar objetos, documentos, máquinas, fotos y relatos para que las nuevas generaciones conozcan cómo era la vida allí. Saben que es un sueño grande, casi imposible, pero lo repiten con esperanza: “Soñar no cuesta nada”.
Mientras tanto, sus viajes anuales funcionan como un acto de resistencia. Una forma de mantener viva la memoria de un pueblo arrasado sin guerra, pero lleno de historias que merecen contarse. Y mientras ellas regresen, La Casualidad seguirá allí: en las piedras, en la Puna… y en el corazón de su gente.

Mina La Casualidad
La Compañía Azufrera Argentina fue una realidad en la Puna salteña. Hasta su abrupto cierre en 1979 por la junta militar argentina, vivió períodos de gran auge, crecimiento y expansión, no solo de la actividad minera, sino también de la vida social y comunitaria que sucedía en lo que se conoció como Mina La Casualidad.
El Campamento La Casualidad era la villa donde residían los mineros y empleados de un establecimiento azufrero que tenía como objetivo refinar el mineral que se extraía desde Mina Julia, ubicada en el Cerro Estrella a una altura de 5.200 m.s.n.m. Un lugar bastante hostil por su situación geográfica, el clima y los fuertes vientos.
El pueblo se encuentra a 1.000 metros más abajo que la mina, a una distancia de 518 kilómetros de la ciudad de Salta. Su vida como pueblo data desde 1953 a 1979. Los bloques de azufre que se extraían se transportaban en un cable carril de 15 kilómetros que funcionó durante 26 años bajo los fuertes vientos de la cordillera.
En la época de mayor auge, el pueblo albergó a 3.000 habitantes conformado por mineros y sus familias. Estaba provisto de escuela primaria, un servicio sanitario básico, una iglesia, patio de recreo, cine, casino y teatro. Para tener una idea de la magnitud de la producción, desde la planta refinadora se lograron exportar 30.000 toneladas por año de azufre puro. El mineral se transportaba por ferrocarril a Salta o a los puertos de Chile en Antofagasta, vía San Antonio de los Cobres y Caipe.
Cuando recorres sus calles y observas los edificios y casas en total abandono te imaginás como habría sido la vida en aquel pueblo puneño. La Iglesia Nuestra Señora de Fátima es la única edificación que permanece intacta frente a los demás que han sido totalmente desmantelados. A lo lejos se puede observar un cementerio donde descansan los restos de casi 400 residentes de la familia minera del Campamento.
Poder vivenciar este legado del tiempo y la historia de los pueblos mineros de la Puna, es una experiencia que seguramente no podrás olvidar.







Proveedores ante una encrucijada: cómo sobrevivir a la ola de importaciones que llega con los megaproyectos

Crece la demanda de inglés para trabajar en minería: capacitaron a vecinos en Salta

Senadores recorrieron la mina Don Otto y analizaron el potencial de reactivación del proyecto uranífero

Aprueban bajo el RIGI la segunda etapa de Sal de Oro: Posco sumará 23.000 toneladas anuales de carbonato de litio









Argentina actualizó su mapa minero: ya registra 3.508 yacimientos en todo el país

Proyecto Vicuña: incorporan 21 camiones con capacidad de transporte de 40 toneladas para la construcción de infraestructura clave

Aprueban bajo el RIGI la segunda etapa de Sal de Oro: Posco sumará 23.000 toneladas anuales de carbonato de litio

Jujuy recaudó más de $16.163 millones en regalías mineras durante los primeros cuatro meses de 2026

Senadores recorrieron la mina Don Otto y analizaron el potencial de reactivación del proyecto uranífero

Vicuña importará desde China una ciudad minera completa y desató una polémica por la pérdida de empleo local

RIGI: aprueban inversión de US$1.166 millones para ampliar la producción de litio en Cauchari-Olaroz

Jujuy inauguró un nuevo laboratorio estratégico para la industria del litio y la minería

Crece la demanda de inglés para trabajar en minería: capacitaron a vecinos en Salta









