






Un proyecto con RIGI cotiza mucho más en el mercado: debe exigirse un compromiso real de inversión y producción











En el cambiante escenario económico argentino, la minería vuelve a posicionarse como uno de los sectores más dinámicos y estratégicos, especialmente de la mano del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Esta herramienta, pensada para atraer capitales y generar divisas, genera un fenómeno claro: los proyectos mineros que ingresan al régimen aumentan notablemente su valuación en el mercado. En otras palabras, tener un proyecto minero con RIGI no solo mejora sus condiciones fiscales y cambiarias, también lo vuelve más atractivo ante potenciales inversores internacionales.
Esto se explica por una serie de ventajas concretas como la libre disponibilidad de divisas para pagar deudas, operar y girar utilidades, estabilidad normativa por décadas y una ventana temporal definida de beneficios para los que entren pronto. El RIGI, como tal, fue concebido con una lógica exportadora y apuesta a proyectos de gran escala, con financiamiento externo, que generen dólares y producción real.
En la práctica, la minería que se anota al RIGI no solo lo hace para operar mejor, sino también para revalorizarse. El problema, o mejor dicho, la advertencia, está en que esa valorización no debe derivar en una estrategia especulativa.






Es decir, no se trata de usar la inscripción al RIGI como un mero trámite para luego salir a vender un proyecto en el mercado internacional con mayor cotización. El riesgo de convertir un instrumento productivo en un recurso de especulación es alto, y va en contra del espíritu del régimen.
Por eso, hay voces que insisten en que no todo proyecto que se presenta al RIGI debe ser aprobado. Hay que analizar caso por caso. ¿Tiene un plan de financiamiento claro? ¿Hay garantías de que entrará en producción? ¿Se trata de una estructura sólida o solo una fachada para buscar una valorización rápida? Estas preguntas son clave, porque el régimen fue pensado para proyectos que efectivamente generen dólares y empleo, no solo para engordar balances.
Además, el contexto también impone tensiones, ya que muchos emprendimientos enfrentan costos al límite y necesitan incentivos para sobrevivir. El desafío es cómo equilibrar la necesidad de sostener al sector con la exigencia de no regalar beneficios sin contraprestación concreta.
En definitiva, el RIGI puede ser una bisagra para la minería argentina. Pero solo si se convierte en una vía para desarrollar proyectos reales, con compromiso de inversión, generación de divisas y creación de valor en el territorio. Lo otro, la tentación de usarlo como trampolín financiero, solo postergaría una vez más el desarrollo productivo que el país necesita.






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