






Pionera del desierto blanco: la historia de Doña Pascuala, una vida entre la sal, el viento y la esperanza











En el corazón de la Puna salteña, donde el frío cala hasta los huesos y el viento se vuelve un protagonista más de la vida cotidiana, hay nombres que no se olvidan con el paso del tiempo porque construyeron una historia a fuerza de coraje. Uno de esos nombres claves en el desarrollo de la minería en la Puna, es el de Pascuala Puca de Vacazur, una mujer que desafió las normas, el clima y el destino para abrirse paso en la minería de sal.
En lo alto de la Puna, cuando la minería todavía era un oficio de hombres y de sacrificios extremos, Doña Pascuala, fue una de las primeras mujeres mineras de la región, propietaria de un salar en tiempos donde el esfuerzo físico y la resiliencia lo eran todo. En diálogo con Salta Mining, repasa su historia, los desafíos de aquellos años y su mirada sobre la minería actual: “Siento mucha emoción de ver cómo creció”.
El salar de Cangrejillo, fue el escenario donde se forjó esta historia de esfuerzo extremo. Allí, entre terrones de sal, viento y soledad, Pascuala y su familia montaron una pequeña casita hecha del mismo mineral que extraían. “Vivíamos directamente en el salar”, recuerda. “Sacábamos los terrones de sal, con viento, frío, y con mucho sacrificio”. En algunos días de bonanza, llegaban a cargar hasta doce vagones de tren. El ritmo era implacable, y la logística, una epopeya: tramitar papeles en Salta capital, pagar cánones, coordinar despachos. Todo eso lo hacía ella sola, madre de once hijos, trabajadora incansable y gestora visionaria.






“Yo no diría que fui la primera, pero sí de las primeras mujeres en la minería de sal”, nos dice con humildad, como si contar su historia no implicara revelar un legado. Lo cierto es que Pascuala fue una pionera, no solo por trabajar en el salar, sino por dirigir, gestionar y sostener una explotación minera familiar en uno de los entornos más inhóspitos del país.
Pero no todo fue progreso. Como ocurre en muchas historias mineras del norte, también hubo golpes duros. Un accidente de su esposo, fallas en la administración y decisiones externas la llevaron a perder el salar. “Me remataron todo”, cuenta, sin quebrarse. “Pero nunca derramé una lágrima. Dios me dio la fuerza para seguir”. Y siguió. De la minería pasó a la artesanía, al alquiler de maquinaria, a lo que hiciera falta para mantener a su familia de pie. La vida le había quitado mucho, pero no le quitó el temple.

Su historia comenzó junto a su esposo, que era ferroviario, cuando con solo 30 años, un hijo y muchas ganas de salir adelante, se animó a entrar al mundo de la minería. “Compramos un salar allá en Cangrejillo, en el departamento de La Poma, y empezamos a trabajar”, recuerda. No era un trabajo fácil, pero para Pascuala, el sacrificio era parte del camino.
“Yo tenía un hijo varón y dije, tiene que ser minero.” Durante años trabajó sin descanso, llegando incluso a exportar sal a Uruguay. “Al principio trabajaba bien, me iba bien”, afirma. Pero todo cambió cuando tuvo que delegar la administración del salar. “Cuando me hicieron mal un despacho tuve que bajar y perdí el salar. Cuando yo lo perdí, producíamos 10 mil toneladas de sal al año, así me lo remataron.”
El trabajo diario en el salar era intenso, casi sobrehumano. Con un camión propio y la ayuda de fleteros de San Antonio, organizaban la carga de los trenes. “Sacábamos los terrones de sal, con viento, frío, y llegamos a cargar hasta doce vagones de tren en doce horas”, cuenta con orgullo. Eran entre 15 y 20 personas trabajando, pero el esfuerzo más grande recaía sobre ella. “Para hacer los papeles yo tenía que viajar a Salta y muchas veces con una mamadera y los hijos a la espalda”, relata. Tramitaba guías, pagaba el canon y gestionaba la documentación sola. “Tuve mala suerte, pero no me quejo de Dios.”
Las dificultades fueron muchas y duras. Un accidente de tren que sufrió su esposo y la enfermedad de una de sus hijas la obligaron a mudarse a Salta. “Me tuve que venir a alquilar en Salta, ya no podía estar ahí”, cuenta. A pesar de todo, nunca se permitió caer. “Pero gracias a Dios me he recuperado, para Dios no hay nada imposible.” Perdió el salar, pero no la fortaleza. “Nunca me rendí. No derramé una lágrima cuando perdí el salar. Dios me dio la fuerza para seguir.”
Tras esa pérdida, Pascuala no se detuvo. Siguió adelante por sus hijos. “Me dediqué a la artesanía: tejía, enviaba trabajos a Barcelona, me amanecía tejiendo”, cuenta. Incluso cuando tenía el salar, alquilaba maquinaria a otros productores. “No dormía durante días cuando tenía que cargar los vagones”, recuerda. Todo ese sacrificio, dice, valió la pena. “Mis hijos crecieron fuertes, con el mismo espíritu de trabajo.”
Hoy, Pascuala mira con buenos ojos el presente y futuro de la minería. “La veo muy bien. La minería es la que puede levantar a San Antonio y a toda la región”, afirma. Destaca los cambios: “Antes no había caminos, ni máquinas; ahora cambió todo. Hay tecnología, maquinaria, profesionales capacitados, mujeres trabajando.” Para ella, es motivo de orgullo ver cómo ha evolucionado esa actividad que alguna vez fue su sustento y su lucha diaria. “Es un orgullo ver cómo ha crecido algo que en nuestros tiempos parecía imposible.”
Volver a los lugares donde trabajó tantos años le despierta emociones profundas. “Siento emoción y orgullo de ver cómo creció tanto la minería y cómo los pueblos olvidados hoy tienen vida”, dice. En su época, los jóvenes debían migrar para sobrevivir. “Antes, nuestros hijos tenían que irse; ahora, quieren quedarse, tienen oportunidades. Eso es lo más lindo.”
Recuerda también cómo sus propios hijos iban al Viaducto a vender artesanías a los turistas. “Antes los chicos lo único que conocían era el Tren a las Nubes para ir a vender.”
Lejos de arrepentirse de su vida de sacrificio, Pascuala se aferra a la enseñanza que le dejó. “Uno se puede caer, pero siempre hay que levantarse”, asegura. “No bajé los brazos cuando lo perdí todo, y mis hijos heredaron ese espíritu.”
Aunque ya no está en el mundo minero, su vínculo con él sigue intacto. “Mi corazón sigue ahí, viendo cómo otros continúan este camino”, remarcó.
Doña Pascuala Puca no solo dejó huella en la historia de la minería de sal en La Poma, sino que también sembró un legado que hoy continúa a través de sus hijos. Es madre de Vilma Vacazur, dirige Nuevo Bus, y de Luis Vacazur, titular de GVH Logística Minera, dos empresas originarias de la Puna salteña que hoy lideran con éxito el camino empresarial como proveedoras clave de servicios para la industria minera. Su ejemplo de esfuerzo, visión y resiliencia se refleja en la labor de sus hijos, quienes desde San Antonio de los Cobres siguen apostando por el desarrollo productivo de la región.






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