






Tolar Grande honró a los Niños del Llullaillaco con una ceremonia ancestral en su sitio sagrado
Salta Mining










En el corazón de la Puna salteña, a los pies del imponente volcán Llullaillaco, la comunidad de Tolar Grande volvió a reunirse para mantener viva una de sus tradiciones más profundas. El lunes 16 de marzo, al cumplirse 27 años de la extracción de los Niños del Llullaillaco, la Comunidad Kolla, junto a autoridades municipales y vecinos, llevaron adelante una ceremonia de ofrenda en el Complejo Ceremonial del sitio sagrado.
El ritual comenzó con las palabras del maestro de ceremonias, Julio Cruz, y contó con la participación del intendente Sergio Villanueva, funcionarios locales, representantes educativos y referentes de la Comunidad Kolla. En un clima de respeto y espiritualidad, cada gesto y cada palabra estuvieron atravesados por la memoria, la identidad y el vínculo con la Pachamama.
Durante la ceremonia, también se compartió una reflexión del coordinador de la Comunidad Kolla, Mario Alancay, leída por Marta Reinoso, que invitó a fortalecer el respeto por las raíces ancestrales y el valor del territorio como espacio sagrado. Al cierre, el intendente agradeció la participación de todos los presentes y destacó el compromiso colectivo para sostener estas prácticas culturales.







Finalizado el acto, una comitiva integrada por Aldo Martínez, Jhonatan Mamaní, Lorena y Fernando Reinoso permaneció en el lugar para emprender el ascenso hacia la cumbre del volcán, con el objetivo de completar el ritual de ofrenda, reafirmando así una tradición que trasciende generaciones.
Los Niños del Llullaillaco: un legado milenario
Los llamados Niños del Llullaillaco son tres cuerpos momificados de origen incaico —conocidos como la Doncella, el Niño y la Niña del Rayo— descubiertos en 1999 a más de 6.700 metros de altura, en la cima del volcán. Se trata de uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del mundo por su extraordinario estado de conservación.
Estos niños formaban parte de un ritual inca conocido como capacocha, una ceremonia de gran relevancia espiritual en la que se realizaban ofrendas humanas en honor a los dioses, especialmente en contextos de eventos significativos como sequías, erupciones o la muerte de un emperador. Para las comunidades originarias, lejos de ser un hecho trágico, este ritual representaba un acto sagrado de conexión con lo divino.

Hoy, los Niños del Llullaillaco no solo constituyen un patrimonio arqueológico invaluable, sino también un símbolo vivo de la cosmovisión andina. Su historia interpela tanto a la ciencia como a la cultura, y continúa siendo motivo de reflexión, respeto y reivindicación por parte de las comunidades que mantienen viva su memoria.






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